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Escúchalo mientras caminas!

Nuestra cabeza puede resultar una maquina inigualable de cálculos, conexiones y distribuidora de una cantidad exagerada de movimientos y conclusiones. 

Así como resuelve, tampoco para. Nos trae montones de información, nuevos acertijos, dudas a solventar, enigmas que solo nosotros podemos plantear con nuestra creatividad.

Esto nos juega en contra a la hora de generar el enfoque necesario para trabajar. Simplemente nos cuesta ponernos con lo que tenemos que hacer.

Cuando trabajamos necesitamos sacar el trabajo rápida y eficientemente, con el menor costo (de energía) y tiempo posible. Simple, ¿verdad?

No tanto.

Pensamientos que entran

Tenemos pensamientos entrantes y salientes. Algunos sirven, otros no. 

Sería ideal que cuando nos pongamos a trabajar vinieran los adecuados para ese momento. Dicho así parece imposible de controlar, pero tenemos algo a nuestro favor que puede hacer las cosas mucho más fáciles. Los hábitos

Nuestros pensamientos van y vienen con la canilla abierta. Dejamos que nos sobrepasen con acciones simples como revisar el mail o abrir las redes sociales. Pensando en aquello que deberíamos hacer cuando terminamos lo que en realidad nos sentamos a hacer, dictando aquello que sentimos sobre alguna conversación emotiva con algún querido. 

Nos sobrepasa mediante dos maneras: emocionalidad y capacidad.

Emocionalidad

Cuando vivimos una situación emocional, nuestras acciones parecen tener vida propia. No somos amos de nuestros movimientos, nuestro sistema colapsa, irrumpen sensaciones de todo tipo y sobrepasan cualquier estado que queramos tener. 

La reacción resulta necesaria y es difícil participar con control cuando nos metemos con la emocionalidad. 

Una de las formas de sobrellevar este estado que parece descontrolado, es empezar a auditarlo. ¿Qué vemos cuando nos sentimos así? Veremos que cuando estamos en el mismísimo epicentro tenemos una chance de ver qué nos pasa. No es del todo independiente, es algo que surge de ti después de todo. 

Nos fuimos un poco de nuestras situaciones de interrupción cotidianas, ¿verdad? Bueno, no tanto. 

Aquellas interrupciones causadas por nosotros mismos tienen un carácter emocional. Suplen algo que no tenemos en ese momento y alimentan algo que pensamos que necesitamos en el momento en que tenemos la mínima fricción con nuestra tarea

¿Cuántas veces nos vimos mirando el celular sin haber sido notificado buscando quién sabe qué?

Esto sucede cuando lo que nos estamos por poner a hacer ejerce fricción sobre nosotros. O más bien sobre nuestra mente. 

Capacidad

No tenemos claro qué viene después de qué, qué tenemos que hacer primero para solucionarlo, qué tipo de energía va a necesitar para resolverse. Siempre necesitamos hacer el menor esfuerzo posible. Siempre.

Por eso, cuando nos ponemos manos a la obra no siempre lo logramos en seguida. Coqueteamos con otras tareas, hacemos multitasking (aunque este no exista realmente). Necesitamos continuar con algo que nos demande menos energía, que ejerza menos fricción y en definitiva, procrastinamos. 

Nuestra energía se disipa y terminamos frustrados por no poder hacer lo que queríamos en primera medida. 

¿Qué opción nos queda? ¿Luchar contra la corriente? No todos podemos luchar contra la corriente. Conviene bordearla. 

Primeros pasos

Cuando nos paramos y vemos lo que sucede tenemos alguna chance de entenderlo. Si seguimos accionando constantemente, no podremos comprender lo que hacemos mientras lo hacemos. 

Propongo observar lo que hacemos mientras lo hacemos. Sin ningún apuro ni intención de hacer algo. Simplemente advertir cuándo sucede y mirarlo pasar. La primera vez que hacemos esto ya estamos siendo conscientes de nuestras acciones. Primer paso hecho!

Para la segunda, tercera, cuarta y décimo tercera vez, nos habremos acostumbrado a auditar nuestras acciones. Esto nos da control sobre lo que está y lo que no está en nuestro alcance. Las acciones inconscientes contraproducentes son las que necesitamos aplacar, las que nos retrasan y nos dan poco con qué trabajar. 

Segundos pasos

Cuando intervenimos en nuestro flujo de pensamiento, tenemos alguna chance de cambiarlo. Creamos una especie de peaje que nos permite cobrarle algo a nuestra corriente de pensamientos y ejercerle un poco de resistencia. Así, poco a poco iremos cambiando estas formas para lograr enfocarnos más en nuestro trabajo.

Una vez que notamos lo que nos está pasando, podremos generar un plan para la próxima vez que suceda. 

Quizás no sea en la segunda, tercera o vez cien, pero tarde o temprano se accionará y podrás disfrutar de un hábito cambiado. Estás empezando a torcer esa desatención!

Nuestro foco empezará a estar más afilado, tendremos más espacio para pensar en lo que nos compete y nuestros pensamientos voladores simplemente estarán allí, pero sin molestarnos. 

Comprender la importancia

Entender la importancia de lo que queremos hacer también ayuda a establecer una suerte de parámetro que se inclina hacia postergar las actividades más fútiles o descartables (como mirar las redes sociales).

No todo el mundo entiende realmente la importancia que tiene nuestra actividad para nosotros mismos. Dándole un lugar en el podio de nuestra vida hará que nuestro enfoque sea mayor y nuestras prioridades cambien. Haremos que esto nos pertenezca, que complete nuestra vida y que lo hagamos parte de nuestras cadenas de pensamiento y formas de accionar. 

Queremos lograr una fusión entre nuestra actividad y nuestro pensamiento. Así, sin importar qué tenemos al costado al momento de abordar nuestra actividad, podremos enfocarnos sin esfuerzo. 

Las verdaderas pausas

Digamos que logras tener un mínimo flujo de trabajo. Te das cuenta que vienes bien, que estás logrando producir buenos resultados y que quieres seguir. Bueno es momento de hacer una pausa y saber regresar.

Las pausas tienen que ver con los resultados a largo plazo. Quizás no te des cuenta ahora, pero es una inversión que verás en el futuro. Tomándote 5, 10, 15 minutos de manera regular puede hacer maravillas, pero lo que funciona realmente para mejorar la productividad son las separaciones en bloques

Con un tiempo limitado en el día, tener una noción de las tareas que tenemos que hacer y cómo, podemos separar las actividades en bloques. Ajustarnos a estos bloques va a depender de un poco de disciplina.

Saber que aquel tiempo que parece perdido nos ayuda a recuperarnos hace que podamos hacer esa apuesta. Nuestra predisposición debe jugar a nuestro lado y será clave saber cómo el descanso compensa nuestra productividad.

Tenemos una capacidad limitada de producción

Determinar cuál es nuestra capacidad es un proceso largo. Tenemos que ir probando diferentes alternativas que se ajusten a nuestros estados. 

En mi caso, sé que trabajar durante 2 horas seguidas es un tiempo límite. Necesito un receso después de eso. Generalmente, si es antes resulta mejor, pero una vez que engancho un flujo de trabajo interesante no percibo bien el tiempo y se vuelve rápidamente en 2 horas. 

Pasadas esas dos horas, mi productividad empieza a decaer, pero puede ser fácilmente recuperada. Una pausa de 15 minutos o un cambio completo de actividad hará que la vuelta tenga energías renovadas. 

Si la pausa es por 15 minutos, sé que no debo encargarme de nada más que de buscar una bebida o tentempié, sino me resulta muy difícil volver a entrar en lo que estaba.

En el caso de usar el cambio completo de actividad, puedo ver que si me alejo unas horas de mi trabajo, volver no me es complicado. Si lo hago por más de dos horas, ya se vuelve contraproducente.

No existe tal cosa como un fórmula. Cada cuál sabrá de qué manera tomarse los recesos, pero lo que sí debemos empezar a practicar es la noción de que necesitamos uno. 

Una vez que percibamos qué significa para nosotros y para nuestro trabajo esto, nos daremos cuenta lo importantes que son.

Las pausas son interrupciones controladas

Saber que debemos detenernos hace que aprendamos a gestionar nuestra energía. Tener que producir un determinado volumen de trabajo crea presión y nos beneficia para ponernos manos a la obra, pero congestiona nuestra noción sobre la energía. 

Poder trabajar durante 6 horas no incluye hacerlo de manera adecuada, necesariamente. Si pudiéramos determinar qué tiempo exacto necesitamos para hacer algo seríamos sumamente eficientes. Apuntemos a ello.

Diferencia entre interrupción y pausa. 

La diferencia sustancial reside en el control que tenemos del corte de nuestra actividad. 

A veces ser interrumpidos hace que cortemos con algo que deberíamos haber cortado hace rato, pero a veces nos perturba el fluir en nuestro trabajo. 

A veces las pausas no están posicionadas adecuadamente y trasgreden nuestra continuidad.

Depende de nosotros acentuar la importancia que tiene controlar las interrupciones por un lado, y determinar las pausas por otro. 

Esto traerá un incremento de productividad en nuestra actividad y una mayor continuidad y frescura en nuestra creatividad.