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Escúchalo mientras caminas!

A veces no nos detenemos a contemplar. Mejor dicho, es difícil encontrar el momento  para hacerlo. Podemos pensar constantemente en lo que tenemos que hacer, elaborar teorías y conclusiones en nuestras cabezas mientras recibimos información externa o bañarnos con datos mientras ejercemos cualquier actividad. Pero es más difícil frenar, mirar por la ventana un rato y dejar que las conclusiones lleguen por sí solas.

Allí es donde tenemos alguna chance de saber qué escribir. Observando.

La mente siempre está queriendo resolver cosas. Si no es algo que nos incomoda o que nos hace sentir impotentes, es nuestra proactividad que se desespera por solucionar algún aspecto de nuestro proyecto personal, laboral, etc.

Existe una sutil diferencia entre pensar en algún problema mientras hacemos una tarea y frenar, mirar al techo o cerrar los ojos y usar nuestras capacidades con nuestra propias cadenas de pensamiento del momento.

Quizás esto se pueda asociar a cuestiones más existenciales, pero aquí me refiero exclusivamente a algún problema específico.

Creando

Pensemos en alguna actividad creativa.

Antes de crear algo, seguramente nos basemos en una diversidad de situaciones y pensamientos para formar esa creación. Tal vez venimos con algo pendiente para hacer y sabemos qué camino tomar para hacerlo o simplemente queremos poner manos a la obra. Cuando carecemos de un plan predeterminado, necesitamos saber qué hacer.

Dentro del arsenal de los creativos, una gran herramienta que necesita entrenamiento es confiar en las capacidades de procesamiento propias. Para esto, no nos enfocaremos tanto en la palabra confiar, sino en detenernos y dejar que nuestra mente haga el trabajo.

Cuando escuchamos a otra persona para resolver algo, nos resulta útil porque tenemos otras interpretaciones que quizás son difíciles de considerar dentro de nuestra cerrada cadena de pensamientos. Pero limitarse a como la otra persona dice que hagas tal o cual cosa no respetaría lo que tu piensas, sientes o deseas. Terminas actuando como si fueras otro.

Si pudiéramos detenernos y dejar que nuestras capacidades propias actúen para resolver algo, todos liberaríamos nuestra voz propia inmediatamente.

Ojo, esto no significa que necesitamos saber resolver todo. Significa hacernos cargo de las decisiones por venir, los caminos a tomar, a quién pedirle ayuda para resolver algo, conocer nuestras limitaciones, ordenar la correlación de pasos necesarios para llevar a cabo lo que sea.

La cadena que nosotros tenemos en mente es irremplazable. No quiere decir que sea la única ni que sea la mejor. Quiere decir que de ser intervenida por agentes externos que comanden esa correlación, estaremos dejando el mando a otro.

Ese mando puede ser recuperado instantáneamente cuando nos detenemos a observar.

Allí se formarán corrientes propias que serán más interesantes que cualquier historia que puedas relevar en tus entornos.

De va(ca)ciones

Un momento en el que naturalmente se produce este tipo de eventos es estando de vacaciones. Nuestras mentes se relajan, se vacían. Se podrían llamar vacíones.

Se reducen los vectores que apuntan hacia nosotros en el día a día. Dejamos de lado aquellas responsabilidades propias de cualquier vorágine laboral, familiar, circunstancial, para frenar y tener tiempo para que la mente corra sola. Eso es lo que nos hace descansar. Eso es lo que genera el deseo de volver a experimentarlo cuando regresamos al trabajo, a la vida real (especialmente si no nos gusta ese trabajo o si no estamos satisfechos con nuestra realidad).

Diría más, aunque te guste el trabajo, esta sensación es lo que resulta más valioso de cualquier vacación: la chance que nos damos de contemplar como trabaja la mente.

¿Pero no somos nosotros mismos la mente?

Bueno existen formas más precisas de describirlo, pero lo cierto es lo que sucede cuando frenamos y la dejamos ser. Podemos de alguna manera observarla, por más que nosotros mismos somos los que la estamos pensando.

En medio de la actividad

Si observamos el flow dentro de una actividad lo veremos con claridad. Pareciera que todo está yendo sobre ruedas. Pareciera que hay algo que lo comanda. En realidad somos nosotros mismos, que logramos separarnos de la corriente de pensamientos que está intervenida por nuestro entorno para darle lugar a aquello que nos pasa por dentro.

¿Cuántos espacios para pensar te reservas por día?

Si tuviera que pensar en un superpoder para adoptar durante cualquier actividad creativa en cualquier momento del día sería frenar, observar y dejar que los pensamientos sucedan sin intervenirlos.

Podremos ver desde un punto externo para seleccionar lo que nos gusta y lo que no. Lo que aporta y lo que vale la pena reciclar. Lo que es considerado valioso y lo que no puedes esperar para poner en palabras.

Entonces, ¿qué escribo?

Cuando nuestros puntos de referencia son la experiencia de otros, esa pasa a ser nuestra unidad de medida y análisis. Cómo los demás cuentan su historia pasa a ser un filtro más.

De la misma manera que otros cuentan su historia, tu puedes contar la tuya.

Si tuviera que recomendar un solo punto para empezar, sería hablando de tu propia experiencia. Sin pensar en lo que los demás obtendrán de ella, sin pensar en el provecho que sacarás o como la orientarás en el futuro.

La práctica de la traducción de tu experiencia a palabras hará que esta se cristalice y se pueda analizar desde diferentes aspectos.

Componer una historia, por más desorganizada, plana, fea, poco interesante o fuerte que sea, hará que la exploración en nuestro mundo comience.

¿Es aquello que piensas con pasión realmente algo que te pertenece o lo has sacado de algún otro?

Somos todos seres culturales y es difícil afirmar que algo de lo que pensemos sea vírgen e intrínsecamente atañado a nuestro ser. Sin embargo, cuanto más dejamos salir a esa voz propia que cuenta una historia, más correspondida con lo que realmente sentimos será.

Si repetimos sin asentar nada, nuestro discurso se vuelve efímero.

Cuando lo escribimos o lo volcamos en una obra, se materializa y lo que comunicamos puede ser replicado, interpretado y transformado. Este camino necesariamente implica un sentimiento de aceptación de pertenencia a un orden mayor de comunidad y bienestar común.