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Escúchalo mientras caminas!

Como ya hemos hablado bastante en artículos anteriores, el camino independiente está plagado de incertidumbre. Intentamos encontrar la manera de contrarrestarla mediante la organización o la prevención, pero siempre está y estará allí. Nuestra estrategia debe cambiar para siempre.

Cuando tu incertidumbre se convierte en ansiedad, los planes empiezan a cambiar. Los objetivos claros empiezan a parecer lejanos y se empieza a generar fricción entre nuestros resultados y aquello que creías que había que hacer. Tu concepción cambia y debes virar el barco hacia alguna otra frontera.

Para que todo esto no suceda, debes confiar en una herramienta que te proveerá de aquellos pasos que no ves cuando te pica la incertidumbre. Traerá un plan de acción lo suficientemente confiable que te permitirá contar con ella para lograr tus objetivos. Estoy hablando de la consistencia.

Qué es la consistencia

Se trata de un camino marcado una y otra vez. Tanto, que te lo conoces al pie de la letra.

Un estilo. Una unidad. Una correlación. Una sintonía. Un patrón.

Cuando sientes en el fondo que algo tiene sentido y no sabes por qué.

Cuando ves a alguien actuar sin fricciones, sin esfuerzo, sin sudar.

Si elaboras y respetas tus valores tendrás consistencia.

Si fundas una forma de ser y de actuar la tendrás.

En nuestro trabajo es profesionalización.

En nuestra vida es personalidad.

En nuestro oficio es estilo.

Consistencia ante todo

Para lograr asentar tus esfuerzos y que estos se reflejen tanto en tus resultados como en tu forma de ver las cosas, es necesaria la repetición deliberada. O dicho de otra manera, la práctica.

No solo tiene que ver con tomar una actividad y practicarla hasta que sepas lo que haces, se trata de lograr la repetición de tus formas para que acaparen las acciones en función de lo que quieres.

Una trás otra, las acciones van moldeando una forma propia. Un pequeño objetivo que te propones y que logras sin titubear, todos los días. Una seguidilla de victorias representan la continuidad que necesitas para mantenerte en el aire. 

Debes trabajar durante mucho tiempo para obtenerla y una vez que conectas todos los circuitos necesarios para que suceda, actuará por sí sola y le dará sentido a tus movimientos.

Nunca llegarás a ganar la guerra. O más bien, sería triste ganarla. Implicaría terminar algo que te puede dar muchas satisfacciones. O sería tratar a aquello que quieres lograr como un enemigo al cual necesitas vencer. 

Si polarizas tus acciones verás cómo necesariamente encuentran un final. Si en cambio trazas solo una orientación, será más fácil saber si estás yendo en la adecuada y respetando tu plan. 

Para esto, la consistencia crea un patrón que te resultará cada vez más fácil de abordar. Los mecanismos por los que llegas a ella estarán aceitados y te permitirán realizar los movimientos de una manera particular. 

¿Cuándo es consistencia y cuando es terquedad?

Caes en la terquedad cuando no percibes lo que está sucediendo. Tener apertura a la continua investigación y cuestionamiento de nuestros movimientos va a habilitar la posibilidad de ser consistente. Sino solo seremos tercos. 

La consistencia confronta regularmente el enfoque y lo aprueba. Intenta probar que vas bien y sustenta cada paso que das.

La terquedad no comprende. Sólo hace. No se pregunta por qué. Actúa en función de algún valor inicial que le dio impulso, pero sin justificación.

¿Cómo sabremos que vamos bien si no llegamos a nuestro resultado deseado?

Para esto es necesario desarrollar cierta sensibilidad al cambio. La continua auditoria de tus pasos va a generar una noción de hacia dónde estás yendo, pero puedes pasar toda la vida así sin obtener nada.

Para esto, y en contrapartida de la consistencia, existe el cambio

Cuando logras ver el momento adecuado de cambio es cuando trazas el verdadero destino. Quizás debas volverte un poco menos tenaz una vez que promuevas tantos patrones, pero estarás balanceando la ecuación. 

”¿Están mis acciones realmente llevándome a donde quiero ir?” Tu consistencia empieza a tambalear. Estás dudando. Tienes alguna noción de que quieres cambiar. Bien, eso es dejar participar la lógica para vaticinar tu futuro. ¿O es miedo?

Hay una sustancial diferencia entre dudar lógicamente y dudar emocionalmente. Una está alimentada por nuestra capacidad de razonar y la otra por nuestra capacidad de sentir. Una tiene que ver con cálculos y la otra con intuición. 

Por supuesto, ninguna es lo suficientemente certera como para rendirse ante sus poderes. Ambas deben estar en la ecuación y en lo posible, balanceadas. 

Para lograr atravesar esto lo mejor posible, conviene dejar ingresar ambas entradas. La lógica y la emocional

La habilidad para cambiar en el momento adecuado tiene que ver con lograr ver si tus esfuerzos están o no alineados con lo que realmente quieres. Esto puede descubrirse en cualquier momento del proceso. 

Para estar sensible a esta característica, la atención estará livianamente puesta en la auditoría de tus acciones, pero dejarás espacio para moverte. La tensión en este proceso deberá ser mínima. Debemos encontrar el equilibrio justo entre el “tirar y aflojar”.

Esto es especialmente adecuado para momentos clave en nuestras carreras, vida personal, relaciones o toma de decisiones. Si logramos observar la ecuación con sutileza, nuestra capacidad de decisión aumentará y nuestra respuesta será más acertada.

La consistencia y los objetivos poco claros

¿Tiene desventajas realmente? Hasta ahora parece que fuera lo único que debemos hacer. “Tener consistencia”.

Creo que de una manera u otra uno tiene consistencia. Tus acciones están llevadas por un patrón que tarde o temprano tiene una coherencia particular. El tema es si ese patrón es acorde a lo que quieres. 

Una de las desventajas que puede presentar esto es la automatización sin objetivos claros. Esto hará que tus acciones parezcan en vano y te des cuenta de ello demasiado tarde.

Se trata de darle sentido a lo que haces. Que responda a algo. Esto puede ser grande o pequeño. Puede responder a una causa global o a un detalle que te estorba. A una comunidad o a un individuo.

¿Cuánto de lo que haces responde a algo que te has planteado de antemano?

Quizás sabes lo que hay que hacer porque te dijeron exactamente lo que había que hacer. Muchas veces haces lo que “se supone” que debes hacer. Quizás aquello que tienes muy claro no es otra cosa que el reflejo de lo que te comunicaron. 

¿Para qué haces lo que haces?

Esta es una de las preguntas más incómodas que puedes encontrar. Cuando tus acciones no responden a algo muy claro, parece que lo que haces porque sí. El “para” incluye encontrar un objetivo, un sentido.

Importa poco si es grande o pequeño, lejano o cortoplacista, tener aquello de a lo que pueden apuntar tus motivos hará que la consistencia corra sobre ruedas. 

Quizás antes que plantearnos tener consistencia, estilo, personalidad, profesionalización, podríamos preguntarnos para qué y estaría todo bastante más claro.