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Escúchalo mientras caminas!

Suena el despertador, lo postergas unos minutos y te levantas lista para empezar la mañana. Con algunas ideas sobre qué tienes que hacer cuando llegues al trabajo, corres la cortina y miras qué tal está el día, luego vas a tomar una buena ducha.

Una vez que desayunas estás fresca para salir a tomarte un tren, metro, bus o buscar el auto para ir a tu trabajo.

Excepto que este se encuentre en tu cuarto, estudio, sala, comedor o patio.

De ser así, vas con, mínimo, 1 hora del día ganada en tus 24 horas.

El trabajo en casa resulta maravilloso comparando el tiempo, energía y dinero que te lleva ir y volver del trabajo.
Pero si esto no es algo que quisiéramos cambiar, ¿vale realmente la pena trabajar desde nuestro comedor?

Tratar tu casa como una oficina

Cuando buscamos la comodidad del trabajo desde casa, podemos darnos ciertos privilegios a la hora de organizarnos y completar nuestros quehaceres.
Una silla más cómoda, una vista atractiva, la música que más te gusta, ir y venir cuando quieras, acudir a otras actividades con flexibilidad, mantener el orden que deseamos o dividir nuestro día en bloques, entre otros.
La novedad de tener todas estas posibilidades es lo que maravilla, no el trabajo en sí.

En realidad al trabajar desde casa estamos agregando una carga: la responsabilidad de auditar nuestras actividades y nuestro tiempo para que sean efectivos.

En un trabajo de oficina, por el tipo de sistema, ambiente de trabajo, volumen de comunicación, trabajas. En mayor o menor medida, pero te pones a trabajar. Si no lo haces pueden ocurrir varias cosas: te sientes mal porque los demás lo hacen y tu no, vas atrasado, no alcanzas las expectativas de tus compañeros, tu jefe te anda vigilando, etc.

En el trabajo monitoreado por ti mismo, este tipo de situaciones no suceden. Ni el ambiente tiene pares que te alimentan el espíritu trabajador, ni ocurre fluidamente la comparación con otros para ponerte a tiro.

Tendrás entonces que proponer otro sistema que te acompañe.

Resignar un lugar de tu casa para asignarle el espíritu de trabajo.

Vivas en 20m2 o en una mansión, es muy conveniente descartar una esquina de tu alojamiento y convertirla en tu oficina. Si te da miedo la palabra oficina, como a mí, llámala como quieras. Pero asigna un pedacito de tu espacio a tu actividad principal.
Ese espacio no será más lo que era. Se convertirá en jurisdicción de MiProyecto Inc. y lo condecorarás con horas de trabajo.

Qué herramientas necesitamos

Laptop. Listo.

Podría afirmar que es lo único que necesitamos y en la mayoría de los casos será nuestra única aliada, pero podemos aceitar un poco nuestro flujo de trabajo y mejorar los resultados si tenemos en cuenta los siguientes detalles.

Conectividad

Calidad de conexión acorde a nuestra actividad. Hoy en día un servicio común de internet soporta una llamada de Skype o plataforma de trabajo en tiempo real con varios usuarios.

De todas maneras es clave asegurarnos que es algo en lo que podemos confiar para no quedarnos en el medio de nuestra charla freezados o perder nuestro progreso por mala conexión.

Es muy probable que hagamos llamadas frecuentemente, por lo que si no tenemos una habitación cerrada que evite interrupciones, necesitarás auriculares.

Postura

Debemos prestarle atención a esto de sobremanera. Después de unos días de trabajo verás cómo te convertirás en el jorobado de Notredame si no respetas tu cuerpo desde el día uno. Claro que esto aplica a la oficina también, pero es menos probable estar armados con una silla de escritorio en casa.

Para esto recomiendo elevar el monitor (si tienes una compu de escritorio) a la altura de la cabeza mientras estamos sentados. Si tienes una laptop, puedes poner unos libros debajo para elevarla y lo más probable es que estés bien. Si el teclado te queda demasiado alto, existen muchos soportes de laptop que te ayudarán a inclinarla y elevarla.

Interrupciones

Con cierto entusiasmo, preparas tu ritual matutino y te sientas con tu computadora a trabajar. Logras una especie de primer “tirada” de ideas, abres programas y mueves el mouse de acá para allá abriendo noticias, poniéndote al día con conversaciones de compañeros de trabajo y hasta alguna red social te despeja ocasionalmente antes de comenzar con tus labores.

Comienza una especie de hilo que acciona tus movimientos y logran tener sentido. Haces tu primer tarea. Sigues. De repente, un sonido, un recuerdo, un compañero, un estímulo externo, te aleja y te desconecta. Estás de vuelta a cero.

Vemos el verdadero valor cuando lo experimentamos. Comprendemos la falta cuando atravesamos eso que muchas veces sucede naturalmente y que una vez que terminamos nos regocija. El hecho de fluir en nuestras actividades.

Todos lo hemos hecho alguna vez. Siempre que alcanzamos una conversación profunda, un estado superador en la ejecución de algún instrumento musical, hacemos el amor, escribimos con consistencia, dibujamos con soltura o realizamos una tarea meticulosamente.

Sabemos lo preciado que es y lo que se puede conseguir con esto. Por eso es que necesitamos maneras de encontrarlo y mantenerlo con nosotros.

Crear un ambiente adecuado nos acercará a este estado, pero también lo hará permanecer en control con respecto a nuestras interrupciones. La externas e internas.

Interrupciones externas: comunicación ante todo

Cuando vivimos con más personas, circulan por tu mismo espacio, van y vienen, requieren tu presencia o ayuda de alguna manera, los momentos exclusivos se acotan.

Encontrar 20 minutos ininterrumpidos parece una lotería y dejamos todo librado al azar. Esta no es una estrategia que sirva de mucho.

Si logramos hacernos cargo de lo que nos toca, podremos tener partida en el asunto y decidir sobre la importancia que tiene el tiempo para nosotros.

Cuando planeamos el día, lo podemos hacer librado al azar, podemos tener en cuenta a las personas que nos acompañan, brindarles información sobre nuestras visiones y proyectos, nuestros estados de ánimo y necesidades.

Cuando comunicamos el valor que tiene para nosotros la concentración, los demás van a entender. Quizás no sea en la primera o en la segunda, pero con un poco de tiempo podremos ver que destacar el significado que tiene la actividad para ti hará que la onda expansiva llegue a los demás también.

Explicar cómo lo haces y qué necesitas. Durante cuánto tiempo y con qué continuidad. Qué obtienes con eso y cuánto afecta tu desempeño. Todos detalles lógicos que normalmente evitamos comunica o que damos por sentado que el otro lo sabe, marcarán una clara representación de lo que necesitas.

Interrupciones internas

Claro que no solo existen interrupciones que vienen desde afuera. La procrastinación, nuestro peor enemigo a la hora de ser productivos, hace que muchas veces trabajemos a contrapelo.

Generamos fricción cuando comparamos lo que sea que tengamos que hacer con aquello que es fácilmente obtenible o no requiere demasiado esfuerzo. Las redes sociales, un juego online, un blog, Whatsapp, etc., pueden rápidamente descarrilarnos de lo que sea que estemos haciendo. La energía, atención y esfuerzo que requieren de nosotros es tan mínimo que no nos damos cuenta cuando estamos siendo absorbidos, consumidos o distraídos por estos medios.

La auto-percepción nos ayudará al respecto.

Generar el hábito de auditar nuestras actividades hará notar nuestros desvíos de atención y podremos volver a acomodarnos una vez que somos conscientes de ello.

Recomiendo de sobremanera practicar la auto-percepción mediante la meditación. El concepto básico dice que notar nuestra desatención no implica juzgarla ni aplicar presión sobre ella. Incluye la práctica del retorno a la atención.

En mi caso lo hago a través de Headspace, una aplicación de meditación que tiene diversas técnicas y me permite registrar mis meditaciones diarias. Muy útil cuando tratamos de generar un hábito.

De a poco, iremos procesando una noción de lo que nos corre de nuestro camino y podremos volver a estar donde queremos estar.

Pausas

Así como existen las interrupciones que van a destiempo de nuestros estados de concentración, existen las pausas que se condicen con ellas.

La auto-gestión de la energía es casi tan importante como la de la atención.

Transcurrir la actividad sin recesos hará que nuestra resistencia se debilite, nuestro desempeño se reduzca y nuestro resultado final se deteriore.

No existe regla acerca de cómo hacer esto, pero podemos encararlo de la siguiente manera.

Considero que no tiene nada de malo pasar múltiples horas haciendo una misma actividad, pero la delgada línea que tenemos que tener en cuenta tiene que ver con el murmullo que se crea en nuestra cabeza.

Cuando empezamos a dudar, a querer salir de ese estado de flujo, a vernos atraídos por otros elementos que no tienen que ver con el tema, debemos aplicar una pausa.

Pensemos en un músculo haciendo ejercicio. ¿Qué sucede si no hacemos pausas entre serie y serie? Seguramente se fatigará.

Los tiempo de las cadenas de creatividad y productividad son probablemente diferentes a los de los músculos, pero ocurre que si no estamos preparados lo suficiente como para estar muchas horas enfocados en una actividad, nos veremos tambaleando tarde o temprano. Allí es momento de parar.

Por el contrario, podremos ver cómo el tiempo no significa mucho para nosotros cuando desarrollamos mucha práctica en una actividad y alcanzamos cierta maestría. Hay estudios que demuestran que esto tomaría unas 10.000 horas.
En este caso encontramos el fluir relativamente fácil, pero igualmente nos resultaría difícil discernir entre un movimiento productivo y uno automático.

Aquí también debemos hacer una pausa. A veces de una hora, a veces de sólo 5 minutos.

Poder decir basta

Además de las pausas que podemos efectuar bebiendo o comiendo algo, charlando con alguien o sentándonos al sol un rato, existe técnica para determinar cuándo frenar.

Cuando no podemos cerrar la máquina.

Nuestros trabajos son incesantes bolas de demanda que no dejan de caer por la colina. Arrasan todo a su paso y parece que no queda otra que sumarse a ellas hasta que posiblemente frenen solas. Nunca sucede. Siempre están en movimiento.

Así como existe fricción a la hora de empezar, la existe a la hora de terminar.

Nuestra sensación es reconfortante. Saber que rendiste, que cumpliste, que te felicitaron, que avanzaste sobre lo que te propusiste, que la devolución es positiva. Somos drogadictos de nuestras propias palmaditas en la espalda y no sabemos limitarlas.

¿Cuándo es suficiente?

Hemingway decía que el mejor momento para detenerse es cuando nos encontramos en la mejor parte del proceso. Si lo hacemos todos los días, tenemos siempre material bueno para cuando retomemos.

Esto puede ser cierto para una materia artística o una actividad en constante desarrollo que no requiere cumplir pasos o una meta específica.

Cuando tenemos que terminar un proyecto se complica un poco saber cuándo frenar, dado que la finalización es inminente y queremos hacerlo lo mejor posible.

Comprender lo que estamos poniendo sobre la mesa cuando nos extralimitamos y postergamos actividades que son prioritarias para nosotros por nuestro trabajo es una alternativa.

Tener control sobre nuestras prioridades hará que tengamos un mapa más completo a la hora de finalizar nuestro trabajo. Si destacamos la importancia de la relación con nuestra pareja e hijos, la actividad física, ocio, relaciones sociales, etc y no logramos completarlas por nuestro trabajo incesante, entonces es hora de cortar.

Cumplir incluye cubrir todo, no solo nuestro trabajo.

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Si bien el artículo apunta a hacer más saludable la adaptación a trabajar desde tu hogar, abajo voy a dejarte algunos links con más información sobre lo que significa ser nómada digital y trabajar remotamente, desde tu casa o el lugar que elijas, sin ataduras de locación.